El nuevo tablero de los negocios
Del algoritmo de la atención a la eficiencia radical: crónica de un laboratorio de ideas donde el país ensaya su futuro empresarial
Por Eudomar Chacón Hernández
Fotos cortesía Caracas Business Summit
Hay un murmullo particular que se escucha en los pasillos del Hotel Eurobuilding, en Caracas, cuando el país intenta descifrarse a sí mismo. El pasado 10 de marzo, durante la tercera edición del Caracas Business Summit, organizado por Eventi, ese sonido no era de queja, sino de engranajes moviéndose. Venezuela, en 2026, es el país de los nichos quirúrgicos, la atención fragmentada y una «terquedad creativa» que empieza a profesionalizarse.
La mañana: hackear el sistema desde el propósito
La jornada no empezó con hojas de cálculo, sino con una provocación sobre el servicio. Andrés Simón González, de Venemergencia, abrió el fuego narrando cómo se construye un «sistema que no existía». Su caso de éxito no es sólo médico; es una lección de escalabilidad basada en la confianza. En un país donde el «no» es la respuesta por defecto, González demostró que la salud puede buscar al paciente (modelo push) y que la tecnología, cuando tiene propósito, se convierte en el sistema de telemedicina más veloz del planeta.
Ese mismo pulso de innovación lo continuó Tony Frangie. Con una lucidez que desarma, Frangie puso el dedo en la llaga de la saturación: ¿por qué todos venden lo mismo? Entre yogures, canchas de pádel y mascotas, explicó que la verdadera moneda de cambio no es el producto, sino la atención. En su clave, ganar en 2026 significa detectar «fuentes huérfanas» y entender que, en el colapso de contextos de las redes sociales, el que distribuye primero y entiende el algoritmo, se queda con el mercado.
Pero la conexión no es sólo digital. Miguel Sogbi recordó que, en un mundo inundado de rumores de TikTok que preceden a las noticias oficiales, la vocería estratégica es el último refugio de la reputación. «Lo complicado debe sonar sencillo», advirtió, situando al vocero como el héroe de una narrativa que debe hablarle al futuro, un porvenir que se sintió tangible en la conversación entre Román Lozinski y Daniel Souto. La historia de La Caravana Escuela y su alianza con Vatel para rescatar la forja artesanal fue el recordatorio de que el impacto social no es un accesorio, sino un compromiso que dignifica el oficio y crea autonomía económica desde la raíz.
La tarde: liderazgo de diseño
Tras el almuerzo, la atmósfera cambió hacia la introspección estratégica. María Alejandra Trujillo trajo consigo la calma de Borobudur y el vértigo de Hong Kong para hablar de un liderazgo que no puede ser «por default». Su tesis fue un espejo para la audiencia: los resultados que vemos son hijos de nuestras interpretaciones. Venezuela exige hoy líderes que diseñen sus decisiones, que regulen su palabra y que mantengan la elegancia de la visión incluso bajo la presión del agua.
Esa visión se hizo espectáculo con Claudia Salazar. Al hablar de Clas Producciones y el fenómeno de Broadway en Venezuela. Salazar habló de teatro, pero también de la industria. Con 140.000 espectadores a sus espaldas, demostró que la rigurosidad técnica es el lenguaje universal que permite a una empresa venezolana sentarse en la mesa de los grandes licenciantes internacionales. El escenario, para ella, es la prueba de que el país posible ya se está ensayando y tiene funciones a sala llena.
El tramo final fue una lección de resistencia. Antonio Díaz, con la serenidad de quien ha conquistado el mundo del karate cinco veces, desmitificó el talento. Su oda a la persistencia y sus tres «C» (Constancia, Continuidad y Consistencia) fueron el puente perfecto hacia el cierre de Asdrúbal Oliveros. El director de Ecoanalítica terminó de armar el rompecabezas: en una economía de «nicho y eficiencia», la incertidumbre se vence con caja y estrategia. Oliveros dejó claro que vender ya no es el fin, sino el inicio de una logística financiera donde la «grasa» corporativa debe desaparecer para dar paso a un músculo magro y ágil.
Epílogo: el país que ensaya el futuro
El Caracas Business Summit no fue solamente una sucesión de ponencias; fue un laboratorio de supervivencia. Entre la forja de hierro de Souto, los musicales de Salazar y los algoritmos de Frangie, quedó una certeza: Venezuela en 2026 es un tablero para los que están dispuestos a vaciar la cabeza y aprender de nuevo. El país sigue ahí, ruidoso y complejo, pero ahora tiene un manual de instrucciones escrito por quienes decidieron, simplemente, insistir.
