De las dinámicas ‘toderas’ de Caracas al rigor corporativo de Nueva York, Ivelise Grazziani narra su evolución en el mercado global de medios y su reencuentro con la esencia de las marcas
Por Eudomar Chacón Hernández
Fotos cortesía Ivelise Grazziani
El cambio de rumbo fue tan imprevisto como inevitable. Una oportunidad nacida del trabajo diario con un cliente global de WPP puso a Ivelise Grazziani frente a un puente hacia Nueva York que resultó imposible rechazar. Cruzar esa frontera significó mucho más que dominar un nuevo idioma sobre la marcha; implicó un choque cultural y corporativo profundo. Acostumbrada a la flexibilidad y la resolución espontánea tan propias de Venezuela, su primer gran desafío fue encajar en un ecosistema obsesionado con los procesos. Un entorno donde las funciones laborales no se desbordan y cada quien se limita estrictamente a los márgenes escritos en su descripción de cargo.
Al principio, para acortar las distancias geográficas y mentales, ella solía decir que en la Gran Manzana se hacía exactamente lo mismo que en Caracas, “pero en inglés”. Las estructuras de agencia y las complejidades de la atención al cliente le resultaban familiares, pero el ritmo y la velocidad con la que las nuevas tecnologías devoraban el entorno marcaron una frontera clara.
Hoy, desde el epicentro de esa misma velocidad, su liderazgo se concentra en domar la Inteligencia Artificial. Busca que la herramienta deje de verse como una amenaza de reemplazo humano y empiece a transformarse en un aliado que genere valor real y medible tanto para sus equipos como para los clientes.
A pesar del vértigo tecnológico y de las dos décadas de transformación radical en los hábitos de consumo, Grazziani encuentra una certeza reconfortante en su día a día: las bases fundamentales para construir una marca siguen siendo las mismas. Su pasión se mantiene intacta en ese laberinto complejo de hacerlas crecer y sostener su liderazgo en medio de un entorno de medios abrumado por el ruido y el volumen de información.
En esa competencia diaria de escala global, el secreto de su ventaja competitiva ha sido un arraigo sutil pero inquebrantable: mantener intacto el espíritu del “todero” venezolano. Esa disposición natural de hacer lo necesario —y un poco más— para asegurar el éxito colectivo ha sido su factor diferenciador en un mercado rígido.
Aunque los años y la distancia atenúan la conexión cotidiana con la industria local, Grazziani observa con profunda admiración a los colegas que, contra todo pronóstico, siguen innovando y ganando leones en Cannes desde Venezuela. Es el reflejo de ese atrevimiento positivo y esa complicidad de oficina que tanto extraña, junto al recuerdo nostálgico del sabor de unas cachapas en El Hatillo o el refugio de una arepera en la madrugada.